Yo siempre lo he dicho: si a mi la crisis de los 25 años casi me mata, la de los 30, lo hará.Y ha sido así, efectivamente. Empezamos, siempre, por cambios poco radicales. Ahora tengo el pelo naranja oscuro, y espero en un mes tenerlo más a un estilo “naranja Fanta naranja”. Pero por ahora, sólo se puede ver “en su esplendor” cuando me llega directo el rayo del sol…y como eso ya cada vez menos, pues no hay problema.
Lo siguiente fue un poco más intenso. Al menos para mí. Por primera vez en mi vida, sobria y decidida, permití que me subieran en una moto (de esas grandes), me dieran una vuelta por toda la ciudad y después me trajeran a mi casa. Es decir, en corto, por primera vez en mi vida llegue en moto a mi casa (cuidado los vendedores de pantalones de cuero!!).
La verdad no fue un asunto tan planeado. Es un amigo que está estrenando juguete y que últimamente tiene conversaciones un poco monotemáticas sobre el tema. Así que yo ya había pensado que si voy a terminar sabiendo de cilindrares, por su influencia, no tenía nada de malo que probara lo que era montar en moto. Jamás me había subido a una de esas. Les tengo pánico escénico. Además, paranoica como soy, no puedo dejar de imaginarme mil y una imágenes en donde choco contra el pavimento y lo único que hay es mis rodillas volviéndose pedacitos.
Pero voy a cumplir 30 años, y empiezo, de nuevo, con el tema “no puedo dejar que pase más tiempo sin saber lo que se siente”. Y eso, eso me va a matar. Lo se.
Lo más difícil de montar en moto es subirse. Bueno no, subirse y no caerse. Es decir, agarrarse. Por que UD no tiene cinturón de seguridad, ni mierda que lo sostenga. Una vez encaramada en una de esas (repito, una de las grandes) a UD solo le queda agarrarse a unos tubos con sus manos. MANOS!!!. Si claro, con la fuerza que tengo yo en las manos. Lo demuestran los miles de tarros de mermelada que si puedo abrir, ajam.
Durante todo el trayecto, que debió durar algo más de una hora, yo logre compenetrarme con el metal de esos tubos, al mejor estilo “piratas del Caribe” en donde los condenados se vuelven uno con el barco, y UD no puede saber en dónde termina el fuselaje. Así. Sentía las manos calientes y me dolían, pero yo ni por putas iba a soltarlas. Así que, eso es lo más difícil.
Después está el asunto de controlar tu imaginación. Cada vez que pasábamos cerca a un carro y yo veía mi rodilla a centímetros del espejo retrovisor del otro, mi imaginación iba más rápido y veía como mi rodilla golpeaba el espejo, y se abría, y la rotula, y el liquido, y la sangre. Eso, también es difícil. En mucho, por que he de admitirlo, a los conductores de carros les valen madres las motos. Es impresionante. La primera vuelta para ver si yo definitivamente me animaba la dimos en un barrio residencial y en menos de 5 minutos 3 carros se le cerraron. Lo juro. Ellos a él. Impresionante. Es raro ver el mundo de pronto desde la perspectiva del que va en una moto y saber que, aun cuando no está siendo irresponsable (es lo que más agradezco, que me trajo en absoluta consciencia de que tenía que ir despacio y tenía que manejar bien) los carros ven a las motos como “cosas que no están”. Yo no lo había pensado así.
Hay cosas que me parecieron muy raras y que disfrute. La sensación del viento, y el ruido cuando vas a 80 km´s por hora (fue lo máximo que alcanzó). El oír el mundo es muy raro. Oyes las conversaciones de los carros de al lado, oyes todo. Los olores. Aunque mucho si es oler gasolina y humo, también hueles cosas como el pasto mojada, o el perfume del man que va manejando. No se, la parte de las sensaciones me encantó.
Hay cosas que no disfrutas. Cómo el que no puedes hablar con tu amigo. Nada. Y la verdad me costó bastante empezar a ver, porque mi primer instinto fue cerrar los ojos. Así que el tenerme confianza como para voltear a mirar de para atrás de la moto. Puff, un proceso larguísimo. Odie la reversa. Por que claro, mi imaginación de nuevo, vio como el carro que no se fija que hay una moto retrocediendo se estampaba contra mi columna vertebral. Así de fuerte.
Lo cierto es que si ves el mundo desde otra perspectiva. Los topes se vuelven grandísimos y dificilísimos de superar. La noche es más fresca que de costumbre. La velocidad te pega en la cara, de lleno. Y de pronto te das cuenta que estas haciendo algo que bien podría calificar como “crisis de los 30 años” pero que corre el riesgo de gustarte mucho.
Y que levante la mano el que me entienda. (Y por favor, no le cuenten a mis padres).





